Acabo de estar un par de días fuera de juego por una intoxicación alimentaria. No sé si fueron los caracoles (escargots) del Restaurante Casanis (versión madrileña, en la Calle Ventura de la Vega) los que me lo provocaron. Algo del restaurante tuvo que ser porque ese día no comí nada y fui a cenar al restaurante a última hora porque no me daba tiempo a prepararme nada (ni tenía ganas tampoco). De madrugada me levanté con vómitos y diarrea y no fue el alcohol porque bebí incluso menos que en un día normal.
El incidente me ha hecho reflexionar sobre lo importante que es – en el engranaje de una empresa (sea del sector que sea) – que todo funcione (no solo la atención al público y la imagen exterior sino también las “tripas” y la “cocina” de cualquier empresa) y la importancia de decir “no” cuando no se puede atender a las personas debidamente por el enorme perjuicio que les podemos ocasionar con nuestra actuación.
Perjuicio personal
Hay que pensar que cualquier actuación de un empleado/a: desde la limpiadora hasta el presidente o la presidenta del consejo de administración tiene un impacto en la imagen de la empresa y afecta al cliente. No solo es responsabilidad de los gestores (aunque legalmente y moralmente sean los máximos responsables). Las actuaciones de personas individuales también tienen un impacto y, frecuentemente, no son conscientes siquiera de ello.
Decir “no”
Entré a las 10:45 al restaurante un jueves pero, acostumbrado al horario español, no era consciente de que fuera un problema. Por parte de los gerentes y servicio de restaurante eran todo facilidades pero en la cocina se ve que no estaban tan contentos. Me presionaron mucho para pedir el postre (que ya ni me cabía) y luego fueron a decirles a los de la cocina: “venga, chicos, que ya es lo último” y lo sirvieron tarde y de mala gana…
Pienso que en el sector de la traducción nos pasa muchas veces lo mismo: el gestor de proyectos ofrece el oro y el moro al cliente, incluso le adelanta los plazos o le ofrece algo mejor de lo que pedía y luego la gente de la “cocina” está muy desencantada y o no puede o no quiere hacerlo, o (de hacerlo) lo hace de muy mala gana.
Y es un problema, claro. Es un problema de organización pero también pienso que los de la cocina tienen una responsabilidad (aunque a ellos no les toque lidiar con las quejas de los clientes) y que una vez que una cosa está aceptada no nos queda más remedio que hacerla. Por eso muchas veces rechazamos proyectos o pregunto a los empleados qué tal vamos de carga de trabajo y, si veo que ellos no van a poder hacerlo y yo tampoco voy a poder traducir y/o revisar, opto por decir que “no” consciente de que esa es la mejor decisión por mucho que se enfaden o critiquen porque “no aceptamos nada” o damos “plazos muy malos” o por cualquier otra razón. Si no puedes hacerlo hasta las últimas consecuencias, mejor que no lo hagas. Y pienso que es una cuestión de orgullo personal: me da igual lo que paguen o lo bien o mal que me lleve con la agencia, en cualquier caso no es culpa del cliente final, que es el que ha pedido la traducción. Una vez aceptado, hay que hacerlo, aunque siempre puede surgir (y frecuentemente surgen) múltiples dificultades que no podíamos haber previsto.
En caso del restaurante: si no tenían caracoles en buen estado de conservación o no tenían tiempo para cocerlos correctamente (hay que cocerlos muy bien), podrían haber dicho simplemente: “Lo sentimos, señor, pero no le podemos ofrecer ese plato. Tal vez le apetezcan los mejillones.”
Errores evitables
Todos los años muere la friolera de 1.5 millones de niños por diarrea en el mundo: la mayor parte de esas muertes son evitables y es un problema de lavado de manos. He sufrido (esta no es la primera vez) de intoxicaciones por parásitos tropicales (según el médico digestivo) “poco frecuentes en España“.
Sin embargo, esos parásitos los contraje aquí en España por muy raros que sean. Puede que ya no sean tan raros como antes (llámame racista si quieres)… Lo que le dije al médico digestivo es que donde yo vivo no hay apenas nadie de España y que la mayoría de los restaurantes (y la gente que trabaja en ellos) son extranjeros. Por tanto, es de esperar que el tipo de enfermedades haya cambiado también, dado que la gente no es la misma que antes.
No me diagnosticaron bien el parásito en la sanidad privada y estuve seis meses o más con Entamoeba coli hasta que di con el diagnóstico correcto y la dosis correcta de Metronidazol y Tinidazol (me habían diagnosticado Giardia lamblia con unas dosis más bajas que no mataron al “bicho”). En cualquier caso, sentía que me iba a morir y perdí nueve kilos con la diarrea y los problemas intestinales que tuve.
Esta vez no me ha pasado lo mismo, pero sí que he estado muy malito. En todo restaurante deberían estar machacando constantemente que lavarse las manos es fundamental. Cuando trabajaba en una cocina de un hotel la jefa de cocina nos inspeccionaba las manos frecuentemente e incluso las olía para ver si olían a jabón y, si no era así, nos mandaba de vuelta al aseo a volver a lavárnoslas.
Esos pequeños detalles hacen mucho por un negocio (de restauración o no) porque muchos problemas se deben a descuidos muy sencillos que son perfectamente evitables con un mínimo de responsabilidad y conciencia.
Un pequeño esfuerzo, que apenas cuesta nada, puede significar la diferencia entre la supervivencia del negocio o su cese definitivo.
Me fastidia pero muchas veces haya gente o partes del negocio que funcionan fenomenal: el servicio, la decoración, la atención al cliente… Pero si la parte del producto o la “cocina” del negocio no funciona es muy seguro que la empresa acabe teniendo un problema serio. Puede ser un problema que Leon Hunter te ponga verde en su blog, pero mayor aún será el problema si alguna persona inmunodeprimida o anciana se intoxique y la acabe palmando (puede pasar).
Es una pena que en un restaurante como Casanis (con un servicio exquisito) tengan en la cocina unos cafres. Pienso que es una lección para todos los negocios porque todo empresario tiene que ser capaz de controlar y localizar a los “caracoles envenenados” del negocio y eliminarlos rápidamente antes de que sigan haciendo daño a los clientes y a la empresa en general. De esto depende que la empresa sobreviva o que cierre definitivamente.




Gracias, Ana, pero no tenía nada que ver con becarios esta entrada
Un saludo,
Leon Hunter
Y ese es el motivo por el que no tienes becarios, ¿no? jaja
Suerte con la recuperación